Fuerteventura: paréntesis en una isla humilde

A modo de conclusión de mis vacaciones de verano, tuve la suerte de descubrir Canarias, y en particular la isla de Fuerteventura. Nunca había pisado suelo canario ni pensaba viajar a esa parte de España. Pero la vida nos lleva por caminos inesperados y, al vivir allí mi novio, decidí visitarlo y pasar un par de semanas con él.

Lo primero que me impactó al llegar aquel sábado por la mañana fue el clima de isla: un calor ligero mezclado con humedad, una sensación que me recordó inmediatamente a la isla de La Reunión, donde estuve dos veces con mis padres. A ese recuerdo se unía el sonido del mar y de las olas sobre la arena, que me relajó de inmediato. Llegué con mi mochila y un par de vestidos amplios, sin adornos, del mismo modo en que la isla se me fue revelando con el paso de los días: natural y humilde. Durante mi estancia me dejé llevar por el viento, como un grano de arena arrastrado hasta una de esas playas paradisíacas.

El viento de Fuerteventura fue una presencia constante, casi un personaje más de mi viaje. En el valle del Ródano, mi región natal en Francia, el viento sopla con frecuencia, sin importar la estación del año. Pero el viento majorero no tiene el mismo sabor. No es un elemento separado del mundo humano, sino que se integra en él de manera natural. El momento en el que el viento se convirtió casi en protagonista fue en la playa de Sotavento, en el sur de la isla. No se llama Sotavento por nada: es allí donde se celebran los mundiales de windsurf. Todavía recuerdo la sensación del viento que te empuja, que casi te azota, levantando cada grano de arena para llevarlo a donde él quiera. Forma parte de la experiencia cotidiana de la isla y transmite un sabor de sanación: las cosas suceden, pero pasan, como cada ráfaga que roza la piel o se cuela por la ventana de la casa. Gracias a ese viento, pude volver a respirar.

La vida en una isla es muy distinta a la de tierra firme: no tiene prisa, es ligera, es real. Tanto el entorno de mi novio como mi propia percepción me hicieron sentir algo esencial para mí: el alivio. A pesar de los obstáculos del día a día, la gente local siempre encuentra tiempo para una quedada por la tarde alrededor de unas cervezas y unas papas arrugadas.

Culturalmente, esta isla es también una mezcla. Mi novio me contó que está dividida en tres: al norte predominan los italianos, en el centro los holandeses y en el sur los ingleses. Los locales españoles, en cambio, son mayoritariamente isleños o procedentes de otras regiones de España, como mi propio novio, que viene de Madrid.

Por mi parte, conocí más de cerca a la diáspora italiana. Visitamos tres restaurantes excelentes de pizza y de cocina italiana de autor. Me quedé especialmente enamorada del Azzurro, un restaurante en El Cotillo, junto a la playa y el mar. Uno de mis recuerdos más bonitos de estas dos semanas fue nuestra última cena allí, con un atardecer preciosísimo. La comida es de calidad, sorprendente en sabores (aún recuerdo el risotto de espinacas con gambas).

Atardecer en el restaurante Azzurro en Cotillo

Esta estancia fue sinónimo de respiro, de descanso y de descubrimiento, a mi ritmo. Fue también mi primera experiencia viviendo más de una semana con mi novio, y confirmó mi amor por esta persona tan maravillosa. Descubrí que soy capaz de vivir una vida en pareja mezclando trabajo en mis proyectos y momentos de felicidad, todo con una ansiedad mínima.

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