El miedo a perder oportunidades y el valor de poner límites

Para empezar este mes, quiero hablarles de un tema que me toca mucho por mi naturaleza curiosa y con ganas de descubrir siempre: el miedo a perder algo. A estas alturas del año, en preparación para la vuelta a la universidad, llega el momento en que intentamos conciliar los tiempos de estudio, de trabajo, de actividades, de vida social y de descanso. Aun sin haber empezado el año, cada tarde de la semana está llena: en mi caso, de horas de estudio, clases de francés o ensayos de baile. El simple hecho de ver toda esta agenda me genera una sensación desagradable de agobio y cansancio, mientras que todavía no ha comenzado.

La presión de decir “sí”

Desde pequeña, tiendo a llenar mi agenda y a respetarla solo por un par de días o semanas, para después dejarla porque no tengo la fuerza suficiente para mantener el ritmo que había teorizado. Creo que a muchos nos pasa escuchar esa pequeña voz que dice: «si digo no, voy a perder una oportunidad que no volverá a presentarse».

Competencia y sociedad actual

Varios factores nos hacen sentir eso, pero el más evidente es la presión de la sociedad actual. Vivimos en una sociedad en la que hay que aprovechar cada minuto, cada segundo, para generar productividad. También influye la sensación de que siempre estamos en competición con los demás, cuando en mi opinión, la única persona con la que deberíamos compararnos es con nosotras mismas. Nuestras sociedades occidentales están diseñadas de tal forma que, al querer ofrecer las mismas oportunidades para todos, generan una competencia muy fuerte —e incluso nociva para la salud, tanto mental como física— entre vecinos.

Lo que quiero decir es que uno de los factores que nos empujan a aceptar todo y a temer rechazar algo por miedo a perder una oportunidad, es la homogeneización de niveles que las políticas intentan conseguir. Sé que es un tema sensible y complejo, porque me parece justo que todo el mundo tenga oportunidades en su vida, con independencia de su camino. Sin embargo, creo que la clave para superar este fenómeno de competición cada vez más amplio está en cambiar la igualdad por la equidad.

El precio oculto : el agotamiento

Este «sí» constante que tendemos a dar tiene un precio oculto: la sobrecarga y el agotamiento. Lleva a la fatiga, a la pérdida de placer e incluso a sentirse desconectada de una misma, como digo siempre, a vivir en «piloto automático». El peligro es que una salud mental mal cuidada termina deteriorando la salud física. El cuerpo empieza a hablar cuando la mente no quiere escuchar: pérdida de apetito, problemas digestivos, dolores musculares o incluso cambios en la piel. Todos estos signos son alarmas que intentan llamarnos la atención para que digamos «stop» y pongamos límites. Nuestros propios límites.

Decir “no” como acto de respeto hacia si mismo

La clave está en conocerse, en descubrir el propio equilibrio. Poner límites no es algo negativo; al contrario, es respetarse y respetar el propio ritmo. Decir «no» no es renunciar a una oportunidad, sino ganar conocimiento sobre cómo funcionamos. Para mí es parecido al baile: si te sobrecargas y dices «sí» a todos los proyectos, terminas cansada e incluso asqueada de tu disciplina (eso me pasó una vez con el samba). Para que exista ritmo, hacen falta tanto los movimientos como los silencios. Rechazar o posponer una oportunidad requiere confianza en una misma: es sentirse suficiente por ser, y no solo por hacer.

A veces no es comprometiéndonos en mil actividades y proyectos como lograremos sentirnos mejor o más valiosas ante los ojos de los demás. Al contrario: puede producir el efecto opuesto, porque nuestro verdadero círculo íntimo quiere que seamos honestas y auténticas, no que nos desgastemos para complacer a todos.

El carnaval de la vida

Siempre vuelvo a mi frase favorita: «la vida es un carnaval». Y en un carnaval hay tiempo para todo: descansar, respirar y bailar. Aprender a decir «no» y a parar no es perder, es permitirse cuidar de una misma y respetar los propios tiempos, para ser coherente con lo que realmente queremos en la vida.

Espero que estas líneas les hayan ayudado un poquito o, al menos, les hayan dado ganas de reflexionar sobre su relación con el miedo a rechazar oportunidades. Si te apetece, no dudes en compartirme también tu reflexión o tus experiencias sobre esto 🙂

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