Esta mañana, después de hacer deporte, fui al mar con mi novio. Era un dia muy bonito, nunca había visto Lobos y Lanzarote despejados así. Hemos entrado en el agua y empezamos a jugar con las olas, mirando hacia el horizonte para adivinar cuál sería la siguiente y, sobre todo, si sería una «buena» ola, es decir, suficientemente grande para saltarla, atravesarla o dejar que nos arrastrara. Durante ese momento, no pensé en nada más.
No pensé en las clases de francés que tengo que promocionar, en los documentos pedagógicos que quiero mejorar ni en las próximas sesiones que debo preparar. Tampoco pensé en el teórico del carnet de conducir, en mi inglés, en la universidad que pronto volverá a empezar, en la casa o en mis proyectos de baile.
Solo miraba el mar y esperaba la siguiente ola y me preguntaba si sería una «buena». Después llegaba, la saltábamos, nos reíamos y volvíamos a mirar hacia el horizonte para esperar la próxima. Puede parecer un momento muy sencillo, casi insignificante. Sin embargo, hacía tiempo que no conseguía desconectar de esa manera.
Mil cosas que quiero hacer
Actualmente, tengo muchos frentes abiertos. Por un lado, está 123-FLE: promocionar mis clases, buscar nuevos alumnos, preparar las sesiones, crear actividades y mejorar mis documentos internos para que cada clase tenga una verdadera progresión. Por otro lado, quiero avanzar con el teórico del carnet de conducir y mejorar mi inglés. Dentro de poco volverá a empezar la universidad y comenzaré mi último año de Derecho, con todo lo que eso implica en términos de organización, trabajos y exámenes. A todo esto se añade el baile y mi proyecto La Vida Es un Carnaval 2, un proyecto que me ilusiona especialmente porque reúne diferentes estilos, culturas y formas de expresión, pero que también exige investigar, elegir músicas, imaginar una historia, crear coreografías y pensar en los vestuarios. Y, alrededor de todos estos proyectos, sigue estando la vida cotidiana: hacer deporte, ocuparme de la casa, organizar las comidas, descansar y compartir tiempo con las personas que quiero.
El problema no es que estas cosas no me interesen. Al contrario, casi todas nacen de algo que me apasiona o de un objetivo que he elegido. Tengo mil cosas que hacer. O, mejor dicho, mil cosas que quiero hacer, que me obligo a hacer y que termino imponiéndome.
La frontera entre el deseo y la obligación se vuelve entonces difícil de distinguir. Quiero mejorar mi inglés, pero ese deseo se transforma rápidamente en «debería estar estudiando». Quiero desarrollar mis clases, pero siento que siempre podría preparar algo más. Quiero bailar, pero incluso el baile puede convertirse en la obligación de progresar, crear o preparar un nuevo proyecto.
Nadie me obliga a hacerlo todo al mismo tiempo, sin embargo, cuando algo me importa, tiendo a convertirlo en una exigencia. Estoy construyendo una vida llena de cosas que he elegido y que me ilusionan, pero algunas veces también me siento atrapada por mis propias elecciones.
Termino una tarea y ya estoy pensando en la siguiente: mientras estoy preparando una clase, recuerdo que debería estudiar el teórico del carné. Cuando estudio, pienso en una publicación que todavía no he creado. Incluso cuando descanso, una parte de mi mente sigue repasando todo lo que permanece pendiente. Tengo la impresión de no parar, pero también de no avanzar realmente.
Cuando avanzar no se siente como avanzar
He leído y buscado información sobre cómo mantener la motivación cuando un proyecto se prolonga durante meses o años, como ocurre con una carrera universitaria. Entre las soluciones que suelen proponerse, o que me han propuesto, tanto familiares como psicólogo, están: dividir el objetivo en pequeñas etapas, escribir cada progreso, visualizar el camino recorrido y aceptar que no todos los días podemos avanzar de la misma manera.
Lo entiendo y trato de aplicarlo. Una carrera no se termina pensando cada día en el diploma, sino aprobando una asignatura detrás de otra. Un proyecto artístico tampoco aparece de golpe: se construye eligiendo una música, encontrando una idea, creando unos pasos y corrigiéndolos poco a poco. Lo mismo ocurre con un idioma, con el carnet de conducir o con un proyecto profesional. Son procesos largos y el progreso no siempre puede verse inmediatamente.
Sin embargo, cuando tengo demasiadas cosas abiertas, tiendo a observar más todo lo que falta que lo que ya he construido. Veo los alumnos que todavía debo encontrar, las coreografías que aún no existen, los temas que me quedan por estudiar y el nivel de inglés que todavía no he alcanzado. Cada objetivo se convierte en una distancia entre el lugar donde estoy y aquel al que quiero llegar.
Entonces intento recordarme que no todos los días tienen que ser igual de productivos. Que no puedo hacerlo todo. Que si un día no avanzo, «está bien». Pero, para mí, ese «está bien» no siempre es suficiente. Puedo comprenderlo racionalmente y, aun así, continuar sintiendo que debería haber hecho algo más.
Ese «pero» que nunca desaparece
Ayer, por ejemplo, pasé la tarde entera viendo una serie. La serie me interesó, me hizo reflexionar y despertó en mí nuevas preguntas. Por eso me digo que no fue tiempo perdido. Al final, pensar, emocionarse y descubrir una historia también forman parte de la vida.
Pero siempre aparece ese «pero». Vi una serie y me hizo reflexionar, pero podría haber estudiado el teórico. Descansé, pero podría haber preparado una clase. Disfruté de la tarde, pero podría haber avanzado con mi proyecto.
El descanso parece necesitar estar motivado como diríamos en derecho, tener una utilidad que lo justifique frente a todas las cosas que continúan pendientes. Incluso decir que la serie me hizo reflexionar puede ser una forma de defenderme ante mí misma, como si disfrutar no fuera una razón suficiente, como si necesitara transformar aquellas horas en aprendizaje para poder considerarlas legítimas.
Sé que descansar es necesario, sé que una tarde no determina el éxito o el fracaso de ninguno de mis proyectos. También sé que no podemos ser productivos constantemente. Pero saberlo no hace desaparecer ese «pero». Permanece detrás de cada pausa, recordándome todo lo que habría podido hacer durante ese tiempo. Quizá el problema no sea únicamente la cantidad de proyectos que tengo, sino mi dificultad para acordarme un momento donde no tenga que producir, enseñar o demostrar nada.
Cuando solo existe la siguiente ola
Por eso, lo que ocurrió esta mañana en el mar fue diferente. No estaba practicando una técnica de relajación ni intentando controlar mis pensamientos. Tampoco me repetía que tenía derecho a descansar o que no pasaba nada por dejar mis responsabilidades para después, ni siquiera me había propuesto desconectar.
La desconexión apareció sola porque mi atención estaba completamente ocupada por algo inmediato: observar la siguiente ola y decidir si era una «buena». El movimiento del agua ocupaba toda mi atención. Tenía que mantener el equilibrio, respirar, saltar y reaccionar. No había espacio para repasar mi lista de tareas porque la siguiente ola ya estaba llegando. No tuve que decirme que debía vivir el presente, mi cuerpo ya estaba dentro de él, inconscientemente.
Quizá por eso actividades como bailar o ir al mar son tan importantes para mí. No hacen desaparecer los problemas ni resuelven las responsabilidades que me esperan. Sin embargo, algunas veces me permiten salir del pensamiento constante y volver a algo más sencillo: el movimiento, las sensaciones y lo que está ocurriendo en ese preciso instante.
Esta mañana no pensé que jugar con las olas fuera beneficioso para mi salud física o mental. Tampoco pensé que estaba descansando para ser más productiva después. No necesité justificar este momento. Durante un rato, todos mis proyectos continuaron existiendo, pero dejé de sostenerlos mentalmente. Mis clases seguían necesitando preparación, la universidad continuaba acercándose y mis objetivos no estaban terminados. Nada de eso había desaparecido pero había dejado de pensar en ello.
Estaba en el mar con mi novio, mirando hacia el horizonte y esperando la siguiente ola. Por una vez, no apareció ningún «pero».
No sé todavía cómo llevar esa desconexión al resto de mi vida, no sé cómo descansar una tarde entera sin sentir la necesidad de explicar por qué ese tiempo también ha sido útil. Tampoco sé cómo impedir que las cosas que quiero hacer se conviertan, poco a poco, en obligaciones.
Quizá no se trate de encontrar una nueva técnica, organizar mejor mis proyectos o repetirme una vez más que «está bien». Esta mañana no resolví ninguna de esas preguntas. Solo esperé la siguiente ola, y, durante unos minutos, eso fue suficiente.

